sábado, 12 de junio de 2010

Cuba: la Revolución ha muerto

Carlos Ignacio Pino Díaz


Viernes, 11 de junio de 2010


Cierta eficiencia económica le prolongará la vida al sistema, pero no garantizará nada más que la restauración del capitalismo privado en la isla

La lógica detrás de los movimientos económicos, y no los movimientos en sí mismos, es por lo que más debería preocuparnos. Cierto, ya no hablamos de inmovilistas como hace un año atrás. La sociedad, la economía y la política de la isla han comenzado a moverse. Sabemos de dónde venimos, pero ¿a dónde vamos?

Las medidas económicas del Gobierno, que ni buenas ni malas son, a penas lógicas en la lógica del Gobierno. Sin embargo estas no parecen apuntar a una mayor democracia social, como el nuevo discurso político plantea. Aunque si bien es cierto que por primera vez el Gobierno parece entender la batalla principal no es entre capitalismo y socialismo, al menos no lo es para Cuba. La batalla de Cuba no debió ser otra sino demostrar que se puede caminar hacia el Socialismo, con democracia ciudadana, con economía social.

Por lo cual, hoy, intentar hacer sostenible el sistema de Gobierno económicamente y por tanto políticamente, no es solo hacerlo eficiente. La eficiencia sin democracia verdadera, solo reafirmará ese estatismo que siempre será socialmente ineficaz -de dónde venimos. Cierta eficiencia económica le prolongará la vida al sistema, pero no garantizará nada más que la restauración del capitalismo privado en Cuba.

La democracia ciudadana, la independencia económica de los ciudadanos, y por tanto la independencia política, es lo único que puede garantizar la continuidad del proyecto social por el cual venimos luchando sin interrupción desde 1868.

No estamos nosotros hablando de democracia representativa o burguesa, menos de partidocracia. Pues estos como en cualquier sistema jerárquico que responde hacia arriba o que solo se mira el ombligo antes de decretar la vida, desarrolla un distorsionado sentido de permanecer. Donde su bien -su permanencia en el epicentro del poder- es superior al bien del país. Lo cual, por supuesto, suele agrandarse con el estatismo y el Partido único.

Por ello es la preocupación que se alza al analizar los pasos económicos que da el Gobierno, buscando elevar la eficiencia en la agricultura, en la ganadería. Unidos estos a las otras medidas políticas y sociales en las ciudades, que si bien prometen una mayor holgura económica a mediano plazo, para un sector significativo de la sociedad, lo cierto es que continúan manteniendo a los trabajadores -del campo y de la ciudad, manuales e intelectuales- bajo el control absoluto del Estado. Dependientes de la buena voluntad de este.

Pues por ejemplo, las tierras se les entregan a los campesinos en “usufructo gratuito”. Que es la figura jurídica que garantiza tu derecho a la tenencia de la tierra, siempre y cuando produzcan. Pero en verdad significan que debes vender tu producción al Estado, al precio que estos estipulen y -como se puede leer entre líneas- no tengan opiniones políticas contrarias al Gobierno. Porque entonces se les podrá revocar el usufructo gratuito utilizando cualquier treta burocrática. Como se ha hecho antes, en otros ámbitos, por lo cual no hay que dudar que se pueda repetir la fórmula en estos tiempos, y en los por llegar.

Preocupante también es que la justificación para la búsqueda de la eficiencia, no sea la eficiencia en sí misma. La ineficiencia, se dice desde el Gobierno, tiene su origen en el paternalismo de Estado. Argumentando que es muy costoso, insostenible. Es necesario acabar con paternalismo, afirman.

Pero el paternalismo de Estado ha sido la base de esta sociedad por décadas; y era parte fundamental del contrato social entre el Gobierno Revolucionario y el pueblo. Contrato Social que se rescribe en 1968 con lo que se llamó “La ofensiva revolucionaria” y que -dicho sea de paso- modificaba sustancialmente la promesa de Contrato Social, por la cual se luchó y se amaneció libre el primero de enero del 1959. El documento en cuestión es conocido como La historia me absolverá (1). Luego, en 1967, en virtud del nuevo acuerdo -decisión unilateral del Gobierno-, que prometía ser un paso de avance, fueron estatizados todos los negocios privados. Donde “todos” significa “absolutamente todos”, desde las bodegas de barrio hasta los chinchales de los zapateros remendones.

Negocios que fueron estatizados, no nacionalizados como se suele decir; las nacionalizaciones de los grandes negocios en manos del capital extranjero habían ocurrido en los años anteriores.

“La ofensiva revolucionaria” era explicada como una necesidad, para que el Estado pudiera repartir mejor las ganancias. Resultando que el Estado se convertía en el dueño de todas las formas de producción de bienes y servicios de la isla, y prometía, a cambio, proveer de todo lo necesario para el bienestar material del pueblo.

Y a las preguntas que surgieron como ¿De qué servirá esforzarse si el Estado te pagará lo que entienda? ¿De qué servirá esforzarse si a los que no lo hacen les darán los mismos beneficios? ¿Cómo podría el Estado, centralizadamente, repartir a cada cual según su trabajo? Pues para hacer funcionar aceptablemente ese sistema, para que lograra repartir con cierta justicia, la burocracia que requeriría lo haría de por si impracticable.

Sin embargo el Comandante en Jefe pensaba diferente y defendía el modelo, que pronto se implantaría, en su discurso del 2 de enero de 1967:

[…] los revolucionarios, por lo general, estamos afiliados al partido de los optimistas; los escépticos, los que no creen mucho en el hombre, se afilian al partido de los pesimistas. Hay quienes creen que cuando una comunidad reciba todo eso: vivienda gratuita, luz eléctrica gratuita, que sus hijos reciban la ropa, los zapatos, la alimentación, todo, en las escuelas, esa comunidad donde el dinero tenga cada vez menos y menos valor, reaccionará convirtiéndose en abúlica, indiferente, perezosa.

Por supuesto nunca lo pudo cumplir, pero no fue por ello les quitó a las personas las motivaciones personales para producir más y mejor. Los pesimistas tenían razón, y no por pesimistas, sino por ser optimistas de otra manera. Eran optimistas que creían que si los bienes producidos no se los tragaba un ente superior y ajeno -ya fuera un burgués o un Estado monopólico-, que si se repartían las ganancias teniendo en cuenta el trabajo realizado, la gente produciría más y mejor. Optimistas que tenían los pies más cerca de la realidad terrenal. Como Marx y Engels.

Ciertamente, más allá del socialismo utópico del discurso, se pueden esbozar otras explicaciones sobre los verdaderos motivos para la estatización de la economía.. Explicaciones con mayor o menor amargura, con mayor o menor conciencia del contexto. Sin embargo lo palpable es que “La ofensiva revolucionaria” sentó las bases políticas -e ideológicas- para que se considerara al Estado como el “Bien Supremo” de la isla.

Concepto que consideramos aberrado en sí mismo. Como lo será cualquier concepto que se salga de la escala humana, y que son los únicos que perduran en la sociedad, más allá de las generaciones que los implantan.

Luego, gracias al Estado monopólico y centralizado los problemas cotidianos en la isla se convirtieron en una misión imposible. El estado destinaba todos los recursos para obras futuras, de alcance nacional y se olvidaba del presente, del ciudadano. El resultado es que floreció el llamado “sociolismo” que con el tiempo se convirtió el gigantesco mercado negro actual.

También, debido a la falta de un contrapeso político y social, el Estado promulgaría leyes que se acercan mucho a las orwelianas imaginaciones plasmadas en su titulo “1984″. Como que para construir una pared en tu casa dependes de si un funcionario del Estado la considera necesaria o no, para tu bienestar. Y así renació la corrupción, tal cual teníamos en la República burguesa.

Sin contar, ya en el plano ideológico, que en un supuesto Estado de trabajadores, estos no tienen derecho a la huelga. La cual no se vería como trabajadores -o estudiantes- reclamando sus derechos. Todo lo contrario, una huelga se vería como una declaración de guerra -de unos malagradecidos- al “Bien supremo”.

Por ahí andamos, pero no obstante esos errores humanos e ideológicos, el paternalismo también tenía sus virtudes. Pues el Estado estaba de alguna manera obligado con el pueblo, y no podía desentenderse de sus problemas.

Habría que mirar un poco más allá, sobre todo ahora que oportunistas y cobardes culpan al pueblo del paternalismo y de la ineficiencia del país -incluso así se enseña en los textos escolares (2). Para explicar la necesidad de un Gobierno que intenta desmontarlo. No porque sea malo el intento en sí, el paternalismo ni sus causantes debieron existir. Pero si el Estado ya no será el incuestionable “Bien Supremo”, ya no será el que provee, ni tiene una obligación directa con el nivel de vida del pueblo, mas seguirá siendo incuestionablemente Supremo, entonces hay que preguntarse ¿qué nos diferencia de un país capitalista? O con más sentido histórico ¿Dónde estará la legitimidad del Gobierno Revolucionario? Porque era ese paternalismo, y no otro pretexto, lo que lo legítima.

El discurso oficial dice que estamos profundizando el Socialismo. Y ratifica cada vez que puede que “del debate saldrán las mejores soluciones”, pero cuando se intenta debatir se reprime como siempre. Lo cual se describe muy bien en la Carta pública del Observatorio Critico (3), que ha circulado por el éter en los últimos días, y todos deberían leerlo.

Lo cierto y más obvio es que nos dirigimos a afianzar la posición superior del Estado en la sociedad. Con cambio de discurso político, en la teoría, pero la práctica manteniendo el autoritarismo. Afianzar la posición del Gobierno incuestionable de una manera más eficiente económica y políticamente. Hacia más estatización van los cambios, no hacia más socialización.

Olvidar es condenarse a repetir. Afianzar el estatismo sería repetir lo que Europa del Este y la misma URSS demostraron con creces que no funciona. El Socialismo de Estado no es un camino deseable, ni procedente. Entonces es válido afirmar que en el intento por mantener este sistema de Gobierno, el presidente Raúl Castro está sentando las bases para la restauración capitalista en Cuba. Incluso siguiendo prácticamente las mismas líneas generales de Gorbachov, de Glasnost y Perestroika, aunque sea más tibia, aunque se diferencie en que alaba en vez de cuestionar al pasado -quizás porque él también pertenece al pasado.

Y no es que no sea necesaria la libertad o la eficiencia económica -que son los dos pilares del Socialismo verdadero-, el problema es que apuntan al lugar equivocado. Al menos el paternalismo de Estado decía apuntar al lugar correcto, aunque lo hiciera de la forma equivocada.

Probablemente no sea alguien de la llamada Generación Histórica quien nos venda. Pero es esta misma Generación que intentando mantenerse en el poder, está limpiando el camino para que sus sucesores puedan vendernos. Gracias sobre todo a la concentración de poder en la figura del Jefe de Estado, a la desprotección y desmovilización de la clase trabajadora y, para colmo, está cargando con el costo político de liberar al Estado de sus deberes con el pueblo.

En el camino de retorno al capitalismo no quedan muchos obstáculos ya. Pronto y con la justificación de que no hay otro camino, el Gobierno saltará a la derecha, saltará al sálvese quien pueda. Cuando lo cierto es que sí hay otro camino. Sin embargo el poder burocrático de la isla, como ya se vio en la crisis de los 90 y lamentablemente liderados por la Generación Histórica, prefirió pactar con las transnacionales capitalistas, antes que socializar la producción y empoderar a los trabajadores; que es la única e insuperable muralla para derrotar al capitalismo mundial.

Aquel pacto de los 90 no era justificable ni siquiera por los tiempos que corrían. No era “la única solución”, más cuando este pueblo -y lo ha demostrado con creces- que ha estado dispuesto a morirse en cualquier parte del mundo por las banderas del Socialismo. En todo caso lo único que demostraron es que a pesar de estar libres de las condicionantes estalinistas que nos imponía la URSS, nuestros líderes se mostraron incapaces de llevar el Socialismo a la práctica.

Incluso en esos años el propio Fidel tomaba posiciones ideológicas claramente revisionistas, que negaban toda la esencia de los textos de Marx y Engels, cuando decía:

“La propiedad privada por grupos [las cooperativas, Nota del autor] en nuestro concepto no es ni será jamás socialismo, no pasará de ser algo más que un capitalismo por grupos; es como nosotros lo entendemos” (4)

“Que nadie se imagine que porque organizamos unidades básicas de producción cooperativa estamos renunciando al socialismo” (5)

Con estas palabras, dichas en un congreso de trabajadores y luego en una reunión con los miembros del Partido Comunista, negaban a las bases de la economía social que Marx entendía como imprescindibles al Socialismo. Y, lateralmente, santificaba el pacto del Estado con las trasnacionales, como el “único camino” para salvar la patria, la revolución y el Socialismo.

No obstante, si alguien puede ver la diferencia entre el Habana Hilton de 1959, y el Habana Meliá de ahora, o la diferencia entre la ESSO de 1959 y la Sherrit de hoy, por solo mencionar dos ejemplos, quizás debería dedicar su talento a escribir un libro sobre semántica y otras sutilezas del poder. Escribir alabanzas en busca de que se olvide toda la sangre útil que costó sacudirnos la tutela de las trasnacionales del poder, para que luego se le abrieran las puertas como “la única solución posible”.

Lo que restará, cuando este Gobierno termine de modificar la economía y la sociedad de la isla, será el golpe final. El poder incuestionable, antes que después, volverá a hacer lo mismo -amparados en los precedentes que dejan sus fundadores. De nuevo pactaran con los enemigos de los pueblos como supuesta única solución para salvar al pueblo. Lo harán, pues el poder lo hará todo, como siempre, con tal de conservar el Poder.

No será esta la primera Revolución que se traicione y se pierda en Cuba, tampoco será la última que hagamos.

La Revolución ha muerto.

¡Viva la Revolución!

* Carlos Ignacio Pino Díaz es un intelectual cubano que publica regularmente en el sitio Boletines del Socialismo Participativo y Democrático

NOTAS

(1) La historia me absolverá (granma.cubaweb.cu ) (2) Libro de texto de Geografía de 6to Grado, Capitulo 2, “Cuba socialista, un ejemplo para todos los países del mundo”, página 45, primer párrafo, donde dice textualmente “existen dificultades económicas y sociales, que se erradicaran en la medida en que el pueblo cubano trabaje con mayor eficiencia y se capacite más”.

(3) Carta en rechazo a las actuales obstrucciones y prohibiciones de iniciativas sociales y culturales (observatoriocritico/).

(4) Discurso de clausura del XVI Congreso de la CTC, el 28 de enero de 1990 (cuba.cu) (5) Discurso de clausura de la Asamblea de Balance del Trabajo, Renovación y Ratificación de mandatos del PCC en Ciudad de la Habana, el 7 de noviembre de 1993. (cuba.cu )