miércoles, 20 de agosto de 2008

Antonio Cova Maduro // Una curiosa relación

Los 26 Decretos-Leyes ni tienen nuestra anuencia ni tendrán nuestro apego y obediencia
La televisión alemana muestra unas monjas esforzándose por ver cómo pueden cambiar conductas arraigadas.
Están en Kosovo, región mayoritariamente musulmana, como sabemos. Confrontan una terrible norma que viene desde la fundación de la nación kosovar: las vende- ttas entre familias. Cualquier percance, rápido puede transformarse en querella que sólo puede borrarse con sangre.
Es una norma sacrosanta y cualquier familia involucrada debe cumplirla.
Las terribles imágenes se suceden en la pantalla del televisor. Según la tradición que férreamente se les impone, cualquier ofensa debe ser cobrada y cobrada con sangre; pero eso sí, sólo pagarán los hombres.
Las mujeres de la familia están exentas de pagar con su vida la ofensa infligida, por eso son ellas las que pueden salir a los mercados y otras diligencias. Mientras, los hombres, desde los niños a los ancianos, permanecen confinados en sus moradas. Si salen, son, literalmente, hombres muertos. Estamos ante el poder absoluto de normas no escritas.
Otro día es la BBC de Londres la que presenta un reportaje no menos terrible. Se trata de lo que el programa llama "Honor killings", o muertes para preservar el honor. Son relativamente frecuentes en las zonas rurales de Turquía y éstas sí se aplican exclusivamente a mujeres, a mujeres jóvenes, usualmente con la cooperación de las viejas de la familia.
Cualquier muchacha que se rehúse a casarse con el hombre que la familia escogió, no puede seguir viva. Es otra ley no escrita; y erradicarla parece ser una tarea tanto insoslayable como imposible.
Lo mismo está sucediendo con otra norma que se resiste a morir: la ablación o circuncisión femenina, que se lleva a cabo en vastas regiones de África y que ya se ha hecho presente en los ghettos africanos de Europa.
Todos estos casos expresan normas tradicionales que se han convertido en férreas leyes para las sociedades donde nacieron. Y nos llevan directamente al asunto de cómo las sociedades humanas tienden a normar las conductas de sus miembros. A crear lo que llamamos leyes y a hacer todo lo necesario para asegurar su cumplimiento.

Por lo general, con un mecanismo que los sociólogos bautizaron como control social, sea éste formal (cuando ha sido declarado como legítima la norma y establecidos los modos por los cuales se asegura su cumplimiento obligatorio para una categoría de ciudadanos) o informal, que es cuando el conjunto de los miembros de la sociedad, a través del ridículo, el chisme y demás formas de agresión controladas, bloquea las desviaciones a esas normas.
Pero más allá de este carácter que exhiben las leyes, su existencia misma es garantía de algo fundamental para la sobrevivencia de cualquier sociedad: la convivencia entre intereses distintos y aun contrapuestos. Las leyes no sólo proponen las conductas convenientes, sino que arrojan luz sobre las indeseadas.
Más importante aún, pautan qué sanciones serían impuestas a quienes las incumplan. Por esa sola razón toda sociedad civilizada se cuida muy bien de tornar transparentes hasta el exceso los procesos por los cuales se crean las leyes. No hacerlo pondría en graves aprietos, no sólo la obediencia a esas leyes, sino la paz misma de esa sociedad.
En la Venezuela bolivariana este requisito ha sido violado, no sólo de manera flagrante, sino hasta obscena. En efecto, un Presidente que no fue elegido para llevar al país por donde el país no quiere ir, recibe de una Asamblea, escogida por una aberrante minoría de ciudadanos, el poder de dictar leyes él solo, y un Tribunal Supremo, que él escogió a dedo, permanece inerme ante la reacción del grueso de la población. Estamos, pues, ante la peor -y más eficaz- receta para el desastre.
Lo grave es que ya esa población pasó su veredicto, que no es otro que el repudio a la voluntad del Único. Decir, como pretenden algunos medios europeos, que esa pretensión presidencial fue "narrowly defeated" (apretadamente derrotada) es un craso error que los venezolanos certificamos ampliamente. No, esa pretensión fue "astoundly defeated" (abrumadoramente derrotada). Eso lo sabemos por dos datos irrebatibles: la negativa del CNE a proveer los números verdaderos y definitivos; y el abandono masivo de 3 millones de votos chavistas. Ninguno de nosotros necesita más pruebas.
Los 26 Decretos-Leyes ni tienen nuestra anuencia ni tendrán nuestro apego y obediencia; pero tienen un poder de enardecer que la oposición no debe permitir se le escurran de las manos. Por eso, ¡manos a la obra!
antave38@yahoo.com