jueves, 7 de enero de 2010

Vision particular sobre la problematica del Chavismo y la Iglesia en Venezuela


Revista signos
versión On-line ISSN 0718-0934
Rev. signos v.37 n.56 Valparaíso 2004
doi: 10.4067/S0718-09342004005600002
Revista Signos 2004, 37(56), 7-21

LINGÜISTICA

Iglesia Católica y gobierno venezolano en la diatriba pública:

Estrategias discursivas de poder, autodefensa y ataque1
Venezuelan Catholic Church and Government in public diatribe:

Discoursive strategies of power, self-defense and attack



Francisco José Bolet

Instituto Universitario de Tecnología-Región Capital Dr. Federico Rivero Palacio, Venezuela

Luis Barrera

Universidad Simón Bolívar, Venezuela

Dirección para correspondencia


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RESUMEN

Contextualizado en la actual crisis política venezolana, en este artículo se examinan las estrategias discursivas empleadas por los hablantes en los intercambios verbales que se desarrollaron entre la Iglesia Católica y el Poder Ejecutivo venezolanos durante el año 1999. Su desarrollo se fundamenta en la crónica narrativa como estrategia retórica y en el Análisis Crítico del Discurso (ACD) como herramienta teórico-metodológica. Del análisis de discursos oficiales, artículos de opinión y reportes de prensa publicados ese año en el diario El Nacional, de Caracas, Venezuela, se obtuvo que mientras la Jerarquía Eclesiástica centró su acción lingüística en la autodefensa y en la deslegitimación del Presidente Hugo Chávez y su proceso; éste, desde el ejercicio del poder, fundamentó su discurso en la restauración del orden social y en la deslegitimación de la Iglesia Católica como institución que asumió funciones de naturaleza política. Se observó también que en los intentos que cada hablante lleva a cabo para descalificar al oponente y coartar sus posibilidades de expresión e influencia, se escenifica una tenaz lucha por el control hegemónico de la palabra pública en beneficio de sus propias creencias y relaciones de poder.

Palabras Clave: discurso, iglesia, gobierno venezolano, conflicto.


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ABSTRACT

Within the context of the current Venezuelan crisis, this article aims to examine the discursive strategies used by speakers in verbal exchanges carried out by the Catholic Church and the Venezuelan Executive Power during 1999. The article is based on the use of the narrative chronicle as a rhetorical strategy and Critical Discourse Analysis (CDA) as theoretical-methodological tool. From the analysis made to official discourses, opinion articles and press reports published that year in Venezuelan newspapers like El Nacional, it could be seen that while the Catholic Ecclesiastical Hierarchy centered its linguistic action on self-defense and deslegitimation of President Hugo Chávez and his political process; Chávez, using all his power, based his discourse in the restoration of the social order and deslegitimation of the Catholic Church as an institution that had assumed political functions. It was also observed that whenever each speaker tried to disqualify the opponent and to hinder the respective possibility of expression and influence, a tenacious fight took place in order to maintain preeminent control of the public word, for the sake of their own beliefs and power relationships.

Keywords: discourse, church, Venezuelan government, conflict.


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INTRODUCCION
En el contexto de la actual crisis venezolana, calificada como una de las más graves de su historia republicana, el uso que Hugo Chávez Frías le ha dado al lenguaje de naturaleza política, ha tenido una inusual y definitiva importancia, no sólo en la construcción de las distintas comunidades discursivas que se estructuran en la presente coyuntura, sino también en el desarrollo de interacciones sociales eminentemente antagónicas.

En este proceso, tanto los sectores políticos y sociales emergentes, identificados con el llamado chavismo, como los tradicionales, asociados al puntofijismo2, al sentirse mutuamente amenazados y al no poder conciliar sus intereses con los diversos factores de poder, se han enfrascado en reiteradas y muy destempladas contiendas verbales. En medio de las disputas por cuotas de poder, audiencias y terrenos políticos, el lenguaje iracundo, violento e intolerante que ambos bandos esgrimen en sus intervenciones, se ha convertido en una punta de lanza que bien le sirve simultáneamente tanto al poder constituido como a la disidencia.

En el marco de este escenario, en 1999 dos instituciones fundamentales para la sociedad venezolana actual, como lo son la Iglesia Católica y el Gobierno bolivariano, impulsado este último por la voz de mando del comandante Hugo Chávez Frías, electo Presidente de la República de Venezuela un año antes, en diciembre de 1998, protagonizaron una de las más largas e inquietantes riñas verbales propias de este proceso por el que atraviesa hoy día el país.

Por tratarse de una contienda verbal de naturaleza política, y dada la agresividad manifiesta en los discursos, la pregunta fundamental de la investigación se centró en saber cuáles eran los mecanismos discursivos de autodefensa y ataque esgrimidos por los hablantes en sus intercambios comunicativos, y cómo estos mecanismos se usaban para legitimarse y proyectar relaciones de poder frente al adversario.

De acuerdo con tales interrogantes, se plantearon los siguientes objetivos: a) Identificar y analizar las estrategias discursivas de auto-legitimación y deslegitimación del adversario, empleadas por los hablantes hegemónicos de la Iglesia Católica y el Poder Ejecutivo venezolanos en los conflictivos intercambios verbales que ambos rivales desarrollaron en la prensa escrita venezolana durante el año 1999; y b) Identificar y analizar los mecanismos discursivos puestos en práctica por los interlocutores para forjar y proyectar ante el colectivo sus propias creencias y relaciones de poder.

La resolución de los objetivos se llevó a cabo empleando el modelo de investigación que proporciona el Análisis Crítico del Discurso (Chilton & Shäffner, 2000; Fairclough & Wodak, 2000; van Dijk, 1999; Perelman & Olbrech-Tyteca, 1989), perspectiva teórico-metodológica que permite llevar a cabo no sólo la descripción del conjunto de las estrategias y los recursos discursivos utilizados por los hablantes, sino también la interpretación crítica de los mismos en relación con la identidad de los sujetos y las circunstancias bajo las cuales los discursos son producidos. Por otra parte, se empleó la crónica narrativa como recurso retórico, lo que orientó el análisis de las interacciones verbales conservando en lo posible su secuencia cronológica.

1. Selección del Corpus

Para la realización de esta investigación se analizaron 65 documentos de naturaleza periodística o de procedencia oficial, distribuidos de la siguiente manera: treinta y seis (36) reportes de prensa directamente relacionados con los conflictos verbales sostenidos públicamente entre la Iglesia Católica y el Ejecutivo venezolanos durante 1999; trece (13) textos noticiosos y nueve (9) artículos de opinión escritos por intelectuales y jerarcas de la Iglesia Católica venezolana, todos ellos sobre aspectos diversos de la situación política nacional vivida en Venezuela durante 1999; cuatro (4) transcripciones de discursos orales del Presidente Chávez y una (1) del discurso oral del Presidente Rafael Caldera, producido en el Congreso Nacional el 04 de febrero de 1992, así como dos (2) transcripciones de sendas entrevistas periodísticas realizadas al Presidente Chávez y al expresidente Caldera. Aunque para la investigación se consideró la selección completa, en este artículo se referencian sólo aquellos documentos estrictamente citados.

En su mayoría, el conjunto de estos escritos fue publicado originalmente en los diarios venezolanos El Nacional y El Universal, entre enero de 1999 y mayo de 2001, pero su obtención se realizó a través de las ediciones electrónicas de tales fuentes periodísticas, así como de la versión En línea de la cadena venezolana de noticias Globovisión3.

La selección se realizó considerando como criterio básico el hecho de que su variedad y naturaleza permitiera: a) reconstruir el contexto socio-histórico asociado al desarrollo de la revolución bolivariana y particularmente a las circunstancias que rodean los conflictos verbales que se desea examinar, b) reconstruir la secuencia de interacciones sociales que durante 1999 se dio entre la Iglesia Católica y el Gobierno de Venezuela, y c) que la naturaleza de su procedencia, y la diversidad de su contenido permitieran identificar las distintas posiciones ideológicas esgrimidas por los actores involucrados.

2. La importancia del contexto


Aunque no existe en la actualidad entre los estudiosos una acepción única (cf. Brown & Yule, 1993; Lozano, Peña-Marín & Abril, 1997; van Dijk, 1999), hay consenso en el hecho de que la noción de contexto constituye una de las piedras angulares que permite situar los discursos. Sobre esta amplia base, en este trabajo se asume el contexto como "todo lo que viene con el texto, esto es, las propiedades del entorno del discurso" (van Dijk, 1999: 266). Por ello, al momento de instrumentar operacionalmente su definición, siguiendo a van Dijk (1999), se estará haciendo referencia implícita al "conjunto estructurado de todas las propiedades de una situación social que son posiblemente pertinentes para la producción, estructuras, interpretación y funciones del texto y la conversación" (van Dijk, 1999: 266).
Sobre esta base, interesa revisar el contexto y las circunstancias socio-históricas en las cuales se produjeron las mencionadas conflictivas interacciones sociales. En este sentido, mediante la crónica del proceso que ha vivido el país se pretende establecer vínculos, antecedentes, correlatos, proyecciones, puntos de encuentro, entre el discurso objeto de investigación y el marco socio-histórico donde el mismo se produce. Ello permitirá rastrear los incidentes y los factores que le dan forma y contenido a las prácticas lingüísticas. De este modo, no se concibe una separación estricta entre el discurso y los hechos sociales; por el contrario, se les interpreta en términos mutuamente vinculantes y determinantes. Esto adquiere todavía más relevancia toda vez que lo que se desarrolla mediante las interacciones discursivas en cuestión, son prácticas sociales que despliegan unalucha por el poder y el control político de la sociedad venezolana.

3. De la IV a la V República: Restaurar el orden

A grandes rasgos, cuando en el transcurso de los días 27 y 28 febrero de 1989 ocurrió la explosión social conocida como el Caracazo se puso al descubierto la grave crisis social que desde entonces hasta el presente ha venido afrontando el venezolano.

Las causas más profundas de esos acontecimientos se encontraban en el empobrecimiento general de la población (cf. Moreno, 1990), en los graves desequilibrios macroeconómicos derivados del deterioro del sistema rentista basado en la explotación del petróleo (cf. Bello, 1990; Moreno, 1990), en el shock producido por el paquete económico del Presidente Carlos Andrés Pérez durante su segundo mandato (1989-1994), en la ceguera de los partidos tradicionales para enmendar los errores del pasado (Caballero, 2000), y sobre todo, en las tensiones sociales acumuladas en el marco de un sistema político y económico que se evidenciaba cada vez más agotado, excluyente y desigual.

De la crisis social y de la crisis económica se gestó la crisis política, cifrada en 1992 en dos intentonas golpistas. Así lo expuso con su habitual pasión discursiva el Presidente Constitucional de Venezuela, Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, en el Acto de Toma de Posesión del día 2 de febrero de 1999:

"Aquí hace una década ya, dentro de pocos días vamos a recordar con dolor aquella explosión de 1989, 27 de febrero, día horroroso, semana horrorosa, masacre, hambre y miseria y aún no hubo, a pesar de eso, capacidad ni voluntad para tomar las acciones mínimas necesarias y regular, como pudo haberse hecho, la crisis moral, la crisis económica y ahora la galopante y terrible crisis social. Y esa sumatoria de crisis generó otra que era inevitable, señores del mundo, señores del continente, la rebelión militar venezolana de 1992: era inevitable como lo es la erupción de los volcanes. No se decreta una rebelión de ese tipo..." (Chávez, 1999: 4).

Ante los dos referidos y fallidos intentos de Golpe de Estado ocurridos el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, el entonces Presidente Carlos Andrés Pérez, a sangre y fuego logró restituir el orden y hacer prisioneros a los líderes militares. Sin embargo, a pesar de eso, no consiguió terminar su período presidencial: en mayo de 1993 sería depuesto de forma legal y pública, acusado de peculado y malversación de fondos4 (Caballero, 2000).
Pero aunque las intentonas fueron controladas, el mensaje ya había sido enviado y nuevamente desoído: la clase política no realizó los cambios estructurales que el país requería; de modo que los propósitos de enmienda alguna vez anunciados, pronto cayeron al vacío.

El mismo 4 de febrero de 1992, en un emotivo discurso ante el Congreso Nacional, al "lamentar que la democracia no fuera defendida con fervor y entusiasmo por el pueblo venezolano" (véase Caldera, 1992: 1), el expresidente Rafael Caldera reconoció que la incapacidad del sistema para dar respuesta a las profundas necesidades de la población le impedían al pueblo seguir respaldando la democracia, aun cuando el imaginario democrático venezolano seguía manifestando "suficiente poder simbólico como para contrarrestar el intento de golpe" (Madriz, 1998: 48).

Pero la suerte ya estaba echada y las consecuencias no se harían esperar. La crisis generalizada condujo en su conjunto a que en las elecciones convocadas para el 6 de diciembre de 1998, resultara electo para la Presidencia de la República, por una abrumadora mayoría, Hugo Chávez Frías. El triunfo chavista en esta contienda no fue expresión de una conciencia doctrinaria (tampoco la hubo en el resto de los candidatos, cf. Lozada, 1999). Lo que hubo fue la manifestación de una sensibilidad popular cohesionada en torno a Chávez, el candidato de la boina roja. El electorado había sufragado bajo la orientación de un sentimiento de revancha, para librarse de quienes presuntamente habían conducido al país al precipicio donde ahora se encontraba. Un altísimo porcentaje del colectivo votó para acabar con la corrupción, con la ineficiencia gubernamental, la burocracia, el clientelismo. Ese era el cambio que Chávez predicaba en su discurso cargado de emotividad y violencia verbal hacia la clase política tradicional. Y, al parecer, esa fue la consigna que el pueblo mejor entendió y siguió.

Con o sin razón, la visión pesimista que estigmatizaba los "40 años anteriores" en términos de un espacio histórico oscuro y decadente caracterizado por la corrupción, el pillaje y la inmoralidad, el cual debía ser borrado para crear un nuevo orden socio-político, logró anclar el infortunio sentido por la población, al mismo tiempo que aglutinó y canalizó los ideales de cambio y justicia social que el proyecto bolivariano, encarnado en la figura de Chávez, pregonaba de forma enardecida. Así, después de las elecciones de 1998, la IV República cedió ante el inexorable avance de lo que a partir de esa coyuntura pasaría a denominarse la V República.

4. "Una bomba de tiempo: tic tac, tic tac, tic tac"

En la Revolución Bolivariana iniciada con el gobierno de Hugo Chávez, la refundación de la República se concibe como un esfuerzo por restaurar el orden y la dignidad, perdidos durante la IV República. Estos sentimientos de renovación del orden y la moral nacionales serían elementos fundamentales en el tenor de los acontecimientos socio-políticos que se le avecinaban al país a partir de 1998. También lo son para entender el trasfondo ideológico que se agazapa en las difíciles relaciones que durante 1999 se dieron entre la Iglesia Católica y el Ejecutivo venezolanos.

En efecto, cuando el 2 de febrero de 1999 el Comandante Hugo Chávez Frías, icono de la intentona golpista del 4 de febrero de 1992, juró sobre lo que él mismo calificara como la "moribunda" Constitución de 1961 su cargo como nuevo Presidente Constitucional de Venezuela, dejó claramente asentadas en su discurso tres ideas cruciales que nos permiten entender la naturaleza del proceso que lo había llevado hasta allí, quién lo conduciría, y el tamaño de la empresa que se disponía a comenzar: una, de carácter programático, apuntaba hacia el futuro; la otra, de naturaleza argumentativa, miraba al pasado; y la tercera, de signo personalista, contemplaba su propia figura.

La primera idea, la programática, alude al hecho de que con el Acto de Toma de Posesión de Hugo Chávez en el Congreso Nacional, se iniciaba para Venezuela el camino hacia un nuevo orden nacional:

"... esta transmisión de mando presidencial (...) no es una transmisión de mando presidencial más. No; es la primera transmisión de mando de una época nueva. Es el abrir la puerta hacia una nueva existencia nacional; tiene que ser así. Es obligatorio que sea así" (Chávez, 1999: 2).

Esta "nueva existencia nacional", que se consagraría políticamente casi un año más tarde en la Constitución de diciembre de 1999, bajo el nombre de República Bolivariana de Venezuela, mediante la convocatoria ese mismo día a una Asamblea Constituyente, implicaba llevar a cabo "la transformación de la sociedad", "la demolición de buena parte del viejo orden, del viejo régimen" (Chávez, 2000b: 4), manteniendo la paz y la democracia (Chávez, 1999).

La transformación de la sociedad venezolana a manos de Chávez tenía en el discurso un propósito restaurador derivado de la estigmatización del pasado: "luchar para que tengamos patria, para que tengamos una Venezuela verdadera, una democracia verdadera". Relegitimar la democracia, recuperar la patria, redimir la dignidad: ese era el mensaje y "eso no tiene otro nombre que una REVOLUCIÓN." (Chávez, 1999: 7)

Aunque se justificaba en los términos arriba expuestos, la segunda idea no hablaba del porvenir, sino del pasado. Se trata de una frase impactante que metaforizaba la gravedad de la situación que él estaba recibiendo en esos momentos, y sobre la cual el país inauguraba su Quinta República.

Luego de ilustrar con datos y cifras la desalentadora realidad económica y social del país, y de afirmar que iba a "enfrentar una situación heredada, terrible", señaló en su frecuente tono conversacional, que esa situación:

"... es como que a uno le entreguen en sus manos una bomba de tiempo: tic tac, tic tac, tic tac, y uno se ofrece a desarmarla, a desmontarla, hay un gran riesgo que la bomba te estalle en la cara, la bomba social venezolana está latiendo, compatriotas" (Chávez, 1999:13).

Aludía Chávez a la palpitante tensión social que se sentía para ese entonces en el país. Esa bomba de tiempo, de acuerdo con las palabras del mandatario en su discurso, la había activado la crisis heredada del régimen democrático instaurado desde 1958.

La tercera idea, personalización de un proyecto, ahora de alcance nacional, señalaba que él era el productode esa crisis: "Yo he sido traído aquí por una corriente originada en esos hechos" (Chávez, 1999: 4). De esta forma, en su creencia, el agente principal de los cambios, la persona en quien se sintetizaban las esperanzas y las fuerzas restauradoras, era Hugo Chávez Frías.

El discurso de la revolución transformadora de Chávez mostraba así tres aristas atractivas para un gran sector de la población: un rostro con el cual identificarse, un proyecto de dignificación nacional en torno del cual agruparse, y razones muy poderosas para seguir el camino que se marcaba.

La primera consecuencia de esta nueva atmósfera discursiva no se hizo esperar. Al calor de la diatriba pública, el país se polariza y se divide o es dividido por Hugo Chávez, según sus propios calificativos, en "chavistas y antichavistas", "patriotas y realistas" "fuerzas transformadoras y fuerzas opuestas a los cambios". El mismo Chávez en su discurso de Relegitimación del 19 de agosto de 2000, ilustraría esta oposición de la siguiente manera: "De este lado dominaban las fuerzas de la conservación. ¡Tiranía!, decían, y de aquel lado respondían ¡Democracia, revolución¡" (Chávez, 2000b: 19).

5. "Una masa rebelde por todas partes invadiendo todo", y el asomo de una nueva racionalidad comunicativa

Una de las marcas fundamentales del proceso bolivariano es el hecho de que está concebido para el colectivo, esa masa anónima que Hugo Chávez llama "el soberano" (con implícita alusión a la población de menos recursos, a las clases sociales excluidas). Este colectivismo, referido al pueblo en su sentido más amplio y castizo, es de gran preeminencia. Por una parte, porque supone reconquistar el olvidado derecho de la masa a participar activamente en la repartición del poder y en la concepción misma del Estado; y por la otra, porque presupone la redención de la misma en el uso de la palabra pública, lo cual la convierte, de manera inusitada, en un sujeto políticamente discursivo. "Entendamos que nosotros –dice Chávez en su Relegitimación- los representantes del pueblo ¡jamás!, pero jamás de los jamases, podemos pretender sustituir a la masa, al colectivo, al dueño, al soberano que nos eligió, ellos son los dueños del poder" (Chávez, 2000b: 9). De esta forma, el colectivo revolucionario no sólo se presenta junto al líder como agente activo de los cambios que se avecinan (Molero, 1999), sino también como un sujeto discursivo privilegiado, lo cual da lugar a la aparición en el espacio público venezolano de una nueva racionalidad comunicativa.

Al calor de las violentas contiendas verbales, más que un instrumento de comunicación, el lenguaje del Presidente Chávez ha sido en este proceso un elemento de la nueva política. La constante actitud deenfrentamiento y amenaza que Chávez promueve hacia los sectores representativos de lo que él y sus seguidores consideran el viejo orden, es frecuentemente acompañada de un lenguaje entre bonachón y popular, locuaz, espontáneo, humorístico, retórico, pero también a veces autoritario, violento, frontal, provocador, pugnaz, directo, sin subterfugios ni ambages. Es de igual forma un lenguaje de tinte clasista, "plagado de frases que suenan mal a los oídos refinados de las élites, pero que establece una alta sintonía con los más pobres" (Francia, 2000: 89), quienes se perciben como beneficiarios de los actos lingüísticos del Presidente. En este sentido es un discurso de dos frentes: incluyente, colectivista, cuando le habla a las masas, al pueblo, al "soberano"; y excluyente, cuando le habla a las élites.

En el escenario bolivariano, regularmente las interacciones sociales de los contendores políticos se realizan en un lenguaje de enfrentamiento y conflicto. De esta manera, la violencia verbal se ha convertido en una categoría del poder y en un ejercicio de la hegemonía, que se muestra a la vez como un recurso legitimador de la resistencia.

También, paradójicamente, es un inédito actor social que de cierto modo adquirió en cada grupo la categoría de sujeto discursivo con significado e identidad propios. Un ejemplo de estos usos lingüísticos violentos fueron las consignas "ni un paso atrás" y "no pasarán", que tanto la oposición como el oficialismo empuñaron, espectivamente, en las constantes y sucesivas concentraciones de calle o "marchas" llevadas a cabo por ambos grupos durante el año 2002.

6. Iglesia Católica y Gobierno venezolanos en la diatriba pública: Estrategias de poder, autodefensa y ataque

Las relaciones de la Iglesia con el proceso chavista durante el año 1999, estuvieron visiblemente marcadas por las tensiones y los desencuentros, generalmente debidos a que en la mentalidad de los nuevos grupos de poder se percibía a aquélla como cómplice de los desmanes, la corrupción y el pillaje cometidos durante el pasado puntofijista. Y además, gracias a las diferencias que esta institución mostraba con el gobierno respecto a los alcances y propósitos de la Asamblea Constituyente, así como a los discursos, conductas y decisiones del propio Presidente Chávez.

En un reporte aparecido en las páginas del diario El Nacional el viernes 8 de enero de 1999, se reseñaba lo siguiente, en relación con la posición de la Iglesia frente a la Constituyente:

"La Iglesia acepta la convocatoria a la Constituyente, pero como una instancia crítica, afirmó el representante de la Conferencia Episcopal venezolana, quien sin embargo, aclaró que serviremos de mediador, pero no seremos jueces de las decisiones que tome la dirigencia. Añadió que vamos a pedir que se acabe la terquedad entre las partes..."(Lugo, 1999).

De acuerdo con la cita, el sector católico, particularmente durante los inicios del proceso constituyente, se limitaba a actuar como mediador, como orientador y como observador de los eventos políticos, porque, según afirmaba el representante de la Conferencia Episcopal venezolana, monseñor Baltazar Porras en ese mismo reportaje: " no se pueden tomar posiciones o medidas arbitrarias, tanto de un lado como del otro" (Lugo, 1999).

De esta forma, la intención de los clérigos al mediar entre los diversos contendores involucrados en la refriega política, consistía en salvaguardar la transparencia, la moral y la justicia en un momento político efervescente y delicado. No obstante, a medida que pasaba el tiempo y sus actos lingüísticos iban teniendo repercusiones en las esferas oficiales, esta posición experimentó transformaciones. Así se aprecia que dicho sector, mientras más participaba en la mediación, más se colocaba en el medio de la diatriba política.

Los problemas se originaban cuando las opiniones de algunos de los voceros religiosos, generalmente en cuanto a la manera de concebir el proceso constituyente, entraban en contradicción con el gobierno y éste entonces, entiéndase Chávez Frías, respondía airadamente. En tales desencuentros las palabras se hicieron cada vez más difíciles de recoger.

Probablemente uno de los eventos más irritantes que dieron inicio al distanciamiento entre el clero y el gobierno venezolanos, se dio cuando el 10 de julio de 1999 el Presidente Chávez, quizás en un intento por legitimar su proceso ante un pueblo mayoritariamente católico, tal vez para ganarse los ánimos religiosos, acaso por la efervescencia misma del momento, o quizás gracias a una suerte de fallida estrategia mitigadora, quién podría saberlo con exactitud, asoció a Cristo y a la Iglesia Católica con la revolución bolivariana:

"El Presidente de la República, Hugo Chávez Frías, manifestó ayer en Valencia que la Iglesia Católica venezolana está con la revolución, porque eso es lo que el pueblo está exigiendo, y "la voz del pueblo es la voz de Dios". Enfatizó además que si Cristo estuviera con nosotros ahora, votaría en la Constituyente por los candidatos de la Revolución" (Rodríguez, 1999a).

Más que un gesto de alianza no solicitado, esas expresiones fueron interpretadas por la Iglesia como un ataque intolerable. Por eso, en un rápido gesto de auto-defensa que buscaba salvaguardar los fundamentos simbólicos de su institución ante la borrasca revolucionaria, los eclesiásticos ofendidos replicaron el discurso del Presidente.

La Iglesia descifró las palabras de Chávez como una arrogancia inexcusable del poder. De ahí quizás la misma tonalidad con que le replicaron al Presidente venezolano. "Mezcla de poder y lenguaje bíblico es un cóctel sumamente peligroso": así tituló el diario El Nacional la expedita respuesta que monseñor Baltazar Porras le dio a Chávez al día siguiente, el 11 de julio. El texto de la noticia ampliaba los detalles en estos términos:

"En una intervención repleta de metáforas y en la que no quiso aludir directamente -aunque la indirecta cayó por sí misma- a Hugo Chávez, el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal venezolana, monseñor Baltazar Porras, insistió en que si uno cree tener la verdad de Dios, el lenguaje religioso; además tiene el poder político y maneja el mundo del amor, este es un cóctel que resulta sumamente peligroso..." (Davies, 1999a).

En el mismo texto, Porras devolvió nuevamente la agresión al recordar "que en otros países la mezcla de los poderes político y religioso dio como resultado un Ayatollah (Irán)" (Davies, 1999). En el horizonte ideológico de los dignatarios religiosos, tal asociación le enrostra a Hugo Chávez una identidad social y política negativa. Con ello la Iglesia, al igual que Chávez en su oportunidad, no solamente ataca la imagen del oponente, sino que también ejercita la coerción y el control, aunque sea simbólicamente, sobre ciertas tendencias expresivas del oponente.

En efecto, las mutuas acciones y reacciones verbales entre la Iglesia y el Ejecutivo venezolanos agazapaban propósitos muy propios del discurso político nacional: la amenaza a la imagen del contrincante. Y tal vez, también, un designio: la mutua deslegitimación del adversario. En medio de amenazas que van y amenazas que vienen, los clérigos deslegitiman a Chávez, a su proceso político y a su insólita vinculación con Dios; a la vez que Chávez deslegitima la, a su parecer, excesiva soberbia discursiva de los representantes de la Iglesia Católica y su manifiesta pero no requerida intervención en un terreno que (en teoría) les es ajeno: la política.

En ese mismo artículo aparece un hecho que llama la atención. Haciéndose eco de las palabras de Chávez, y ya tentada por la intriga, la reportera pregunta insistentemente si la Iglesia, por fin, está o no está con la revolución. Esta es la interacción:

"¿Está o no está la Iglesia venezolana con la revolución, como dijo el Primer Mandatario? En un intento de respuesta, Porras recalcó que «no somos ni aliados ni estamos en contra de ningún gobierno ni de ningún proceso. La preocupación nuestra es la gente, partiendo de los más pobres, de los más necesitados, de los más desasistidos».

-¿Quiere decir que la Iglesia apoya la revolución de Chávez?

-Son dos cosas distintas. Estamos con todo aquello que ayude a mejorar la situación de los venezolanos, dentro del respeto a la libertad, a lo que cada quien piensa, a la pluralidad y los derechos. Vivimos en un estado de derecho, y las cosas deben hacerse buscando consenso y participación.

-¿Están o no están con la revolución?

-Depende de lo que entendamos; de si revolución es aceleración de los cambios o es arrasar y luego ver cómo plantamos. Nosotros estamos con los cambios y transformaciones que se tienen que dar. Si es un salto al vacío, pues no" (Davies, 1999).

Ni son aliados ni son contrarios. Ni están adentro ni están afuera. Tampoco son "diablos con sotana", como los tildó Chávez en un momento encendido de la refriega discursiva. La Iglesia, insiste en afirmar Porras, no tiene más recinto que sus templos, ni más seguidores que las almas de los fieles.

Pero en política los caminos tienden a ser cortos, y las palabras no siempre significan lo que expresan. Frente a la pregunta clara y concisa de la reportera, la falta de un "sí" diáfano puede interpretarse definitivamente como un "no" rotundo. Y en efecto, leyendo detenidamente puede deducirse que, desde el punto de vista de la Iglesia Católica de Venezuela, el proceso chavista se percibe como "un salto al vacío". En este sentido, para los prelados, santos y revolucionarios transitan por caminos distintos.

El manifiesto aunque no explícito distanciamiento de la Iglesia con la causa bolivariana fue rápidamente aprovechado por el oficialismo. En la lógica del Presidente Chávez, tal como él mismo lo habría dicho y sugerido varias veces, o se está con el proceso o no se está con él. Y el clero, al inmiscuirse en política y ponerle cortapisas a los discursos y acciones de Chávez, demostraba no estar con él.

Para desgracia de la clerecía, estas disputas se escenificaban en el contexto de un proceso histórico que se llama a sí mismo restaurador del orden social (véanse Chávez, 1999, 2000a y 2000b). Quizás por ello es que meses más tarde y ya entrado el año 2000, en un intento por controlar las intervenciones de la Iglesia y por restablecer el rol que la sociedad presuntamente esperaría de ella, el 16 de mayo de 2000, a los 20 días de la publicación de la Carta Abierta que la Conferencia Episcopal venezolana le había enviado, Chávez respondió a los sacerdotes en medio de citas del Evangelio y de pensamientos de Simón Bolívar, sentenciando que "las auténticas facultades de la Iglesia residen en el alma de quienes puedan realizar históricamente la misión confiada por Cristo a sus apóstoles" (Chávez, 2000a: 7).

Y luego añade en el mismo documento: " La Iglesia de Jesús es Madre y Maestra en las enseñanzas; no es parte de un pecaminoso juego político donde algunos pretenden llevarla". Posteriormente afirma que "El futuro de la Iglesia es brillante en tanto asuma las responsabilidades inherentes a su credo" (Chávez, 2000a: 7). En un hábil ejercicio de demarcación de territorio, Chávez les sugiere a los eclesiásticos ocuparse de sus asuntos y dejar la política para los políticos.

En noviembre de 1999, a escasas semanas de la fecha para el Referéndum Constitucional, ocurrió un nuevo punto de inflexión y ruptura. Según una información aparecida en el diario El Nacional y publicada en la sección de Política, sin firma, el Presidente Chávez, con su acostumbrada intemperancia, señaló que algunos sectores de la sociedad, entre ellos la Iglesia, eran "cómplices" de los hechos de corrupción ocurridos en Venezuela durante los últimos 40 años".

La imputación, sin ser una metáfora, generó inmediatamente una respuesta. Monseñor Baltazar Porras otra vez impugnó la delicada acusación diciendo que era "injusto y desconsiderado corresponsabilizar a la Iglesia Católica y a su Jerarquía de la corrupción del país. Más aún, aplicarle el calificativo de cómplice, y amenazarla con echarle plomo si hace críticas" (Porras, 1999). En ese mismo artículo monseñor Porras, dejando espacio a la suspicacia, habla de "esa intolerancia que han demostrado ciertos sectores"

Al acusar de complicidad a los jerarcas eclesiásticos, al afirmar que deben asumir las responsabilidades inherentes a su credo, y echarles "plomo" verbal, Chávez apunta hacia un objetivo político de gran valor estratégico: restaurar el orden social perdido durante los cuarenta años anteriores. Esto se traduce en la intención de reasignarle a la Iglesia un lugar de subordinación en el nuevo orden establecido por la V República. Con ello, el discurso del poder se reafirma, a la vez que sanciona la discursividad política de la Iglesia.

Estos comportamientos lingüísticos del Primer Mandatario respecto al clero pueden tipificarse como eventos discursivos con una función estratégica de orden coercitivo, es decir, según lo que indican Chilton & Shäffner (2000: 304), como "actos de habla respaldados por sanciones (legales y físicas): órdenes, leyes, edictos, etc.", que pretenden controlar, fiscalizar, restringir la conducta y la libertad de los otros.

La coerción es una forma de ejercer poder y control:

"A menudo, los actores políticos también actúan coercitivamente al disponer la prioridad de los asuntos, seleccionar temas de conversación, colocarse a sí mismos y colocar a los demás en relaciones específicas, suponer realidades que los oyentes se ven obligados a aceptar aunque sea en forma provisional para poder procesar el texto y el habla. También es posible ejercer el poder mediante el control del uso que los otros hacen del lenguaje, es decir, a través de diversos tipos y grados de censura y control de acceso" (Chilton & Shäffner, 2000: 305).

Las acusaciones de Chávez obviamente desataron gran preocupación en la Iglesia. Y no podía ser de otro modo. El 29 de noviembre de 1999, Ovidio Pérez Morales escribió en el mencionado diario, en descargo de su organización, un ensayo titulado, y no por casualidad, Solidarios con Venezuela. Allí, luego de preguntarse si "¿Ha sido sorda, muda o cómplice la Iglesia en Venezuela en los 40 años posteriores al 23 de enero de 1958?", y de afirmar que sí han sido solidarios con los más necesitados, recurre a valores comunes nacionales para legitimarse y autopresentarse positivamente. Por ello afirma que "la matriz católica de nuestra nacionalidad" es "un rasgo característico de la identidad venezolana". Y después añade: "La Iglesia, en cuanto pueblo de Dios, se confunde con los inicios de nuestra nacionalidad venezolana" (Pérez, 1999).

En un país que transita una etapa política de reconstrucción de la nacionalidad y de las categorías referenciales de la identidad, no es gratuito que como sector amenazado y coercionado por la nueva mentalidad política y por los nuevos grupos de poder, a contrapelo de lo afirmado por el colectivo hegemónico, la Iglesia se auto-asocie a los orígenes mismos de la nacionalidad, se auto-represente como un valor tradicional común y se auto-asimile a la identidad ancestral de los venezolanos.

Otro de los eventos que se inscriben dentro del comportamiento lingüístico coercitivo de Chávez, fue publicado en El Nacional el lunes 13 de diciembre, apenas dos días antes del Referéndum Constitucional.

En Valencia, el 13 de diciembre, ante una multitud, el Presidente consideró que al cardenal Rosalio Castillo Lara, al arzobispo de Coro, monseñor Roberto Luckert, y a monseñor Baltazar Porras, a la sazón Presidente de la Conferencia Episcopal venezolana, "habrá que hacerles un exorcismo para que el diablo que se les metió se les salga de debajo de la sotana" (Rodríguez, 1999b).

Dentro del esquema ideológico Nosotros/Ellos, en un discurso excluyente, Chávez coloca a la jerarquía de la Iglesia en la otra orilla: ellos son "Ellos", es decir, los "Otros". La sitúa, además, en una posición de amenaza para la gente, al asociarla con "oscuros intereses que quieren confundir al pueblo venezolano" (Rodríguez, 1999b).

En otras palabras, para el discurso revolucionario, la identidad del clero no se corresponde con la identidad del "nosotros", categoría referencial del grupo dominante. En consecuencia, no forma parte de la revolución. Por otro lado, los actos de la clerecía, en la mentalidad chavista, tampoco responden a sus identidades como prelados, de donde ellos parecen inferir que hay agazapada una identidad " otra" bajo la sotana. Para la racionalidad revolucionaria del chavismo, los jerarcas de la Iglesia Católica no son lo que parecen. Diablos con sotana es la imagen que Chávez esgrime para identificarlos. De resultas, lo que se obtiene por vía de las estrategias discursivas del poder político instituido es la deslegitimación del discurso, la imagen y la función social de los clérigos.

Este es el clima de pública controversia discursiva en medio del cual Pueblo, Ejecutivo e Iglesia, llegaron al día 15 de diciembre de 1999, fecha pautada por el Consejo Nacional Electoral para realizar el Referéndum Constitucional. Según los sectores autodenominados revolucionarios, sobre la Iglesia rondaban sombrías sospechas de complicidad en hechos de corrupción llevados a cabo por las elites dominantes durante los "40 años anteriores". Se le acusaba, además, de inmoral, puntofijista, partidaria del "no" en el referéndum, de haber cultivado amistades peligrosas durante el pasado inmediato y, sobre todo, de antipatriótica y antirrevolucionaria.

El miércoles 15 de diciembre amaneció lloviendo. La inclemente lluvia que venía desatándose desde hacía varias semanas, no cesó el día de la votación por el "sí" o por el "no". Tampoco los dos siguientes, aunque fue menos intensa. "Lluvia y votos", ese fue el denominador común de los venezolanos que acudían a sus centros de votación, tal como lo ilustró un periodista.

Ese día, como ocurría desde hacía varios años, el país mostraba una división clasista. Según la prensa de tendencia opositora, en las zonas del Oeste caraqueño, conformadas mayoritariamente por barriadas pobres y zonas marginales, los ciudadanos votarían por el "sí". En las zonas del Este, con su clase media habitando acomodadas urbanizaciones, la población se inclinaba por el "no": "Ojalá llueva bastante para que no puedan bajar a votar en esos cerros" (Davies, 1999b), decía una electora de Macaracuay, una exclusiva urbanización caraqueña. Pero, finalmente, ganó el "sí"5.

Con el pasar de las horas, la lluvia no solamente trajo agua; se convirtió en catástrofe, particularmente en el costero Estado Vargas, el más cruelmente castigado. Ya para el 29 de diciembre, la Cruz Roja Internacional calculaba entre 20 mil y 50 mil víctimas.

Conmovido por la tragedia, el 17 de diciembre Monseñor Ignacio Velasco señala que las torrenciales lluvias son "una calamidad que ha caído sobre Venezuela", y anuncia, en un gesto de buena voluntad, que desde el mismo miércoles en la noche, en la sede de la Conferencia Episcopal, "se dispuso que todas las limosnas recolectadas en las diferentes diócesis y parroquias sean destinadas a ayudar a las víctimas del desastre" (Delgado, 1999).

Pero ni la lluvia ni el sufragio lograron silenciar la diatriba ni los antagonismos. Antes bien, se les sumaron, mezclándose con ellos mismos. El 14 de diciembre, en una alocución transmitida en cadena de radio y televisión y que duró sólo unos minutos, el Presidente Chávez invitaba a votar y, repitiendo una famosa frase que Bolívar pronunciara en 1812 en ocasión del terremoto de Caracas, dijo que "si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca" (véase, Decarli & La Rotta, 1999).

Quizás lanzadas al vuelo sin mucho aspaviento, sus palabras fueron sin embargo prontamente recogidas. Y efectivamente, el eco repercutió cuatro días después, el 18 de diciembre, en la bóveda central de la Basílica de Santa Teresa, en una misa "atestada de gente" que el arzobispo de Caracas, monseñor Ignacio Velasco, ofició para las víctimas de la tragedia, y en la cual el Nazareno de San Pablo iba a salir en procesión. Allí, rodeado de sus fieles, se preguntaba Velasco: "¿Qué podemos hacer cuando la naturaleza se desata de improviso? ¿Qué podemos hacer sino dirigir plegarias a la poderosa mano de Dios?" (Núñez, 1999).

Después de actos de contrición, de alusiones a la tensión verbal vivida entre la Iglesia y Chávez y de aludir a quien no se le quería nombrar, el arzobispo dijo lo siguiente:

"Hay pecados nuestros que acarrean la ira de Dios. Así ocurre con nuestras contiendas políticas y administrativas, en las que no tratamos con nobleza ni con respeto al otro. Es el caso de este señor que improvisa y dice cosas con soberbia. Vamos a pedirle a Dios que perdone sus pecados. Es grave el pecado de soberbia y es la naturaleza misma la que se encarga de recordarnos que no tenemos todo el poder ni todas las capacidades" (Núñez, 1999).

La estrategia persuasiva adoptada por Velasco sugiere una relación de falsa causalidad, esto es, una asociación de causa-efecto entre dos términos. La falsa causalidad, "consiste en identificar un problema y asociarlo estrechamente con un elemento externo a él, sin que se evidencie una real relación de causalidad entre ellos" (Erlich, 1999: 178).

En esta estrategia argumentativa el líder religioso se apoya en la susceptibilidad generalizada que surge en el país debido al desastre ocasionado por las lluvias, razón por lo cual sus palabras pueden ser asimiladas e interpretadas con facilidad por la población. En definitiva, según la lógica del prelado, la soberbia de Chávez había desatado la ira de Dios. La lluvia, entonces, parece haber sido interpretada como un castigo divino.

Las palabras de Velasco sugieren mediante la representación negativa del lenguaje del Otro, que lo ocurrido no fue un incidente natural, sino la consecuencia directa del habla de Chávez, quien utilizaba un discurso funesto, desde la perspectiva del arzobispo. Un discurso que, no tan metafóricamente, pareciera anunciar tragedias.

Como ya lo ha dejado en claro la pragmática, la selección de los elementos lingüísticos en el habla no es accidental. En el contexto y las circunstancias en que el arzobispo de Caracas emite el enunciado, us palabras adquieren funciones políticas. Son un acto de habla de contenido netamente político: así fueron cabalmente comprendidas por fieles y adversarios.

Y es que la expresión no había sido ingenua. En el sermón del arzobispo, de manera simbólica, la palabra de Chávez y todo lo que su proceso implica pueden acarrear muchos males al país. La estrategia discursiva empleada por monseñor Ignacio Velasco puede ser explicada del siguiente modo:

"La deslegitimación del discurso opositor o disidente por los grupos y organizaciones dominantes (políticos, medios, etc.) puede centrarse en los posibles efectos de ese discurso y, por consiguiente, en los receptores. Por supuesto, esto puede hacerse, indirectamente, presentando a los oradores y al discurso mismo como ilegítimos, por ejemplo, por ser no confiables, violentos, radicales o desviados" (van Dijk, 1999: 326).

La construcción discursiva de Velasco no es cándida, sino altamente estratégica. Al endilgarle efectos nocivos, violentos, no confiables al discurso de Hugo Chávez, Velasco lo deslegitima, a la vez que reserva para sí y su discurso, atributos positivos, del mismo modo que Chávez había hecho lo propio con el discurso de la Iglesia.

Finalmente, la razón de este encadenamiento de sucesivas estrategias de poder, auto-defensa y ataque que emprenden la Iglesia Católica y el Ejecutivo venezolanos, se halla en el tenor de las identidades y las relaciones de poder que ambos hablantes desean resguardar para sí mismos y ante el colectivo, pues Chávez es un sujeto político, y su discurso hace política; pero el arzobispo no lo es, aunque sus palabras, en el contexto en el que las pronuncia, constituyan una práctica política.

CONCLUSIONES

De los comportamientos lingüísticos puestos en práctica por los interlocutores en la serie de intervenciones públicas examinadas, pueden derivarse las siguientes conclusiones:

a. Ambos contendores emplean en términos generales las mismas estrategias discursivas de ataque y deslegitimación del oponente, tales como lexicalización negativa, hostilidad verbal, ataque a la imagen, valores y fundamentos simbólicos del contrario, atribución de actos y palabras de signo negativo, asociación del adversario con personajes y etapas históricas negativas.

b. En cuanto a las estrategias de defensa y autolegitimación, se observó que mientras la Iglesia Católica busca salvaguardar su imagen y su influencia social asociándose a los orígenes de la nacionalidad y a los valores tradicionales del venezolano; Chávez, por su parte, vincula proceso revolucionario con Dios, a la vez que se presenta como un agente restaurador del orden social perdido en la IV República.

c. Detrás de los intentos de cada contendor por descalificar al oponente y coartar sus posibilidades de expresión e influencia, se escenifica la lucha por el control hegemónico del discurso público (y político) que cada una de las partes emprende en beneficio de sus propias creencias y relaciones de poder.



NOTAS

1 El presente artículo recoge algunos de los resultados del proyecto de investigación del que se derivó el Trabajo de Maestría de Francisco José Bolet, cuya tutoría estuvo a cargo de Luis Barrera Linares en el Instituto Pedagógico de Caracas, UPEL (Caracas, 2001-2002). Varios aspectos han sido reajustados y reformulados para la preparación de este texto.

2 En la historia política venezolana se conoce como "Pacto de Punto Fijo" el convenio de gobernabilidad, firmado principalmente por los partidos políticos AD y COPEI, representados por sus principales líderes Rómulo Betancourt y Rafael Caldera, respectivamente, el 31 de octubre de 1958, acto que tuvo lugar en la Quinta Punto Fijo, residencia de Rafael Caldera , y que se interrumpe históricamente justo en 1998, con el ascenso de Hugo Chávez Frías al poder. De allí se ha derivado el término "puntofijismo", con sentido peyorativo.

3 En los casos de citas textuales provenientes de la información periodística obtenida por vía electrónica, no es posible referir los números de página correspondientes a la edición impresa por cuanto para la fecha de su recolección los mismos no aparecían especificados en las versiones que hemos consultado. A fin de facilitar a los interesados la búsqueda de datos, reproducimos en la bibliografía las direcciones electrónicas de cada fuente.

4 Los turbulentos acontecimientos que marcaron los primeros dos años de gobierno de Pérez, condujeron a que el 20 de mayo de 1993 una decisión de la Corte Suprema de Justicia lo sometiera a juicio por irregularidades en el manejo de los fondos de la partida secreta. Ese mismo año el Senado de la República lo suspendió de su cargo como Presidente Constitucional de Venezuela, suspensión ésta que fue luego transformada en ausencia absoluta por el Congreso Nacional.

5 De acuerdo con esta misma encuesta, en las proyecciones hechas durante la semana anterior a la votación, 83.8% de los encuestados consideraba ganador el "sí", mientras que sólo un 9% estimaba que el "no" podía ganar. (Consultores 21, 1999)



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Correspondencia: Francisco Bolet (franbolet@cantv.net). Tel./Fax: (058-212) 6828466. Instituto Universitario de Tecnología-Región Capital, Dr. Federico Rivero Palacio. Apartado Postal 40347. Caracas, Venezuela.

Recibido: 12 de diciembre de 2003 Aceptado: 29 de julio de 2004




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1 comentario:

Euroactiva dijo...

Hola, queria invitarte a que agregues tu blog a planetavenezuela.com.ve
es un directorio de webs y nos gustaría que estuvieras.
saludos

Diego